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Psicología bebés y niños

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Hablando sobre tartamudez

Lic. en Fonoaudióloga Rosa Quevedo

  Cuando tenía 9 años de edad, hube de confesarme con un sacerdote como parte de los preparativos para recibir la comunión. Recuerdo el día como si fuese ayer, el religioso era un amable anciano que me recibió con los brazos abiertos y preguntó, “¿Cuál es tu nombre, hijo?”. Yo lo miré fijamente a los ojos y, por algún extraño motivo, no pude decir mi nombre. Intenté usar la muletilla que a veces me daba resultado y, después de un breve momento que me pareció una eternidad, dije: “Yo…”, “yo…” y, al ver el sacerdote que me trababa, me completó la palabra: “¿Johnny? ¡Hola, Johnny! Bienvenido”.
Yo no me llamo Johnny. Mi nombre es Iván y, si el lector no lo ha advertido aún, soy tartamudo.

Iván Mecklenburg

Estas líneas, parte del relato de un adulto tartamudo, permiten aproximarnos a la complejidad del tema, al que nos vamos a referir en esta oportunidad: la tartamudez, una dificultad que da lugar a un habla marcada por el dolor, la vergüenza, la impotencia.

Asimismo, como podemos advertir en el texto, la aparición de la tartamudez se sitúa en la infancia, y se relaciona con la comunicación que establece el niño con las personas que lo rodean.

Por lo tanto es muy importante el rol de los padres para prevenir su instalación, y evitar de esa manera el sufrimiento posterior.

La tartamudez no obedece a una única causa, y tampoco se debe a que el niño sea “nervioso” o “menos inteligente”, sino que se trata de una dificultad multifactorial, producto de la interacción de aspectos biológicos, psicológicos y sociales, que buscaremos esclarecer.

Entre los 3 y 4 años de edad, los niños atraviesan el período más importante en lo que se refiere a la adquisición del Lenguaje. En esta etapa es común observar un tartamudeo natural, es decir accidentes de la fluidez, que son interrupciones en el flujo continuo de las palabras, que tienen todos los chicos al hablar.

Sin embargo, muchas veces esto no es entendido así por los adultos, y surgen correcciones para que el niño “hable bien”, solicitándole por ejemplo “hablá con calma”, “respirá hondo” o “pará, pensá y después hablás”, sin conseguir el objetivo deseado de manera permanente: que el niño hable “de corrido”. Esto quiere decir que gran parte de la población cree que esta forma de hablar es problemática, e intentan ayudar guiados por lo que creen que es mejor para el niño. Los padres reciben consejos y explicaciones parciales de familiares, vecinos, maestras, pediatras, generalmente dispares, que van generando cada vez más confusión y nerviosismo.

La creencia popular de que el tartamudeo en los niños debería ser tempranamente eliminado, se apoya en una interpretación no científica, solo basada en la intuición.

Para entender por qué el niño tartamudea, y cómo deberíamos responder frente a esta manifestación, es preciso tener en cuenta algunas consideraciones respecto al habla, y la fluidez.

Cuando el chico comienza a formar frases, es decir a elaborar su propio discurso, lo hace generalmente con vacilaciones, repeticiones o prolongando sonidos, que son las formas más habituales del tartamudeo infantil, lo cual sucede por distintas razones: inmadurez del aparato fonador, búsqueda de la palabra adecuada, etc.

yo yo yo pe pero pero
los los los cua cua cuando
la la la a a a jugar
de de de me me me das
y y y eeee esto

La fluidez del habla no es completa: a cualquier edad dependerá de las circunstancias de comunicación, es decir de qué tema estamos hablando, con qué persona, etc. Solamente las máquinas no fallan, los seres humanos tenemos pequeñas imprecisiones al hablar, y más aún si se trata de un niño pequeño, que está adquiriendo el Lenguaje.

Algunos niños pueden heredar una cierta fragilidad para sostener la fluidez, pero este hecho por sí solo no va a determinar que sea tartamudo.

Ante situaciones como por ejemplo el nacimiento de un hermanito, el ingreso a la escuela, y otros sucesos típicos de la edad preescolar el tartamudeo natural puede aumentar, como resultado normal del proceso de producción del habla ante la emoción. Nosotros, adultos, probablemente hayamos percibido que ante un acontecimiento que nos genera alegría o tristeza, cambia el tono de nuestra voz, el ritmo de la respiración, o si nos sentimos inseguros hablamos de forma entrecortada, titubeante.

Esto se produce porque las emociones alteran el tono muscular, y justamente el habla es un movimiento muscular complejo. Para verificar esto basta con observar por unos minutos como al hablar se mueven nuestros labios, lengua, mandíbula, etc.

Cuando un niño culmina la etapa en la que repite las palabras del adulto, y empieza a unir palabras solito, es esperable que lo haga con tropiezos, y además que tenga momentos o días, en que su forma de hablar sea más fluida y otras no tanto, según su estado anímico.

Así llegamos a la conclusión de que el tartamudeo no es peligroso, ni contagioso, sino saludable: el niño está creciendo, y se está desarrollando su lenguaje y su pensamiento.

Cuando los mayores intentan interferir con esa forma natural de hablar mostrando descontento, corrigiendo al niño, y dándole indicaciones sobre como hablar, el niño no puede percibir dónde está el “error”, sólo comprende que “habló mal”. El niño desconoce qué es lo que debe hacer para hablar mejor.

Otra consideración a tener en cuenta entonces, es que el habla es automática, esto quiere decir que hablamos pero no sabemos como lo hacemos, los músculos se mueven de manera espontánea, no es necesario pensar en cómo hacerlo.

Si con el correr del tiempo se repiten las reacciones de rechazo ante el tartamudeo natural éste no solo desaparece sino que aumenta y además el niño comenzará a sentirse cada vez más nervioso, porque no puede cumplir con lo que se le pide. Para que su habla no sea censurada lo que hará es esfuerzo para “hablar bien”, así la tensión invade los movimientos musculares del habla, y el tartamudeo que en un principio era natural termina por constituirse en un tartamudeo cargado de sufrimiento, es decir lo que conocemos como tartamudez. El niño hablará de manera cada vez más incómoda pudiendo llegar a quedar con la boca abierta unos segundos sin emitir sonido, fruncir el ceño, o apretar los ojitos.

Por lo expuesto, es sencillo darse cuenta que la repetición simple de sílabas o palabras, no debe ser reprimida, de lo contrario corremos el riesgo de que el niño desarrolle una auto-imagen negativa como hablante, pasando a formar parte de su personalidad, y que esta dificultad se prolongue muchas veces hasta la edad adulta, con todas las consecuencias que puede traer aparejadas.

Privilegiando la comunicación con el chico, abandonando la postura de juez que valora la mayor parte del tiempo cómo habla, transformaremos el miedo a “hablar mal” en confianza. Ser un buen escucha significa interesarse por lo que el niño dice, sin adivinar lo que nos va a contar, ya que si le completamos la frase, estaremos transmitiéndole que él es incapaz de realizarlo, reforzando la imagen negativa de sí mismo como hablante, que sostiene la tartamudez.

Adoptar una actitud adecuada frente al tartamudeo consiste entonces en NO llamar la atención al niño sobre su manera de hablar, sino brindarle nuestra atención dirigida a lo que el chico busca expresar, muchas veces tartamudeando por la emoción que le provoca el mundo que está descubriendo.

Si los padres tienen dudas porque el período de tartamudeo se prolonga, o porque el niño habla con frecuentes bloqueos o temblores, será necesario recurrir a una ayuda profesional especializada lo antes posible.